Chándal

El chándal es un prenda curiosa. De críos no nos imaginábamos la vida sin unos ropajes que eran el summum de la comodidad: elásticos, blanditos y ligeros. Nos parecía estúpido tener que llevar otro atuendo más incómodo para ganar en elegancia. A día de hoy, salvo para la gente que hace deporte, del cual se puede salir, los chandal(l)s (¿se escribe con una “l” o con dos? ¿O las dos son aceptables?) se hallan en algún rincón profundo de nuestro armario, arrugados y cogiendo polvo. Con el cariño y amor que les profesábamos de pequeños… Ahora todo lo más los usamos como prenda manchable y rompible, ya sea para pintar o alguna otra tarea del hogar.

¡Ay, cuando se nos rompían de críos…! Unas rodilleras convertibles en coderas cuando cascaban por la zona más habitual, o parches con cualquier anagrama si la rotura se producía en otras partes de la prenda, eran puestas habitualmente por tu madre, tía o abuela, cuestión ésta de la costura en la que hemos avanzado mucho en la igualdad de género con los años. Tras la bronca por haberlo roto, una vez instalas se convertían en una protección suprema, tanto para la prenda como para nuestras articulaciones de las extremidades.

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